

Se escuchó solo eso porque la angustia lo cubrió de magma en armonía, rogando clamores profundos, negros y hediondos que son indignos de los demonios de esos que son expulsados por imberbes; entonces sí, aún en lo profundo del quejido sordo no vibró una nota: la imaginación tendió el lazo y atrajo a sí la voz muda del valle; pero fue el silencio de las montañas que disfrazado de ingenuidad me creyó al fin vulnerable y abusó torpemente de mi conciencia cuando sabía que no me iba a resistir: y resultó aunque todavía lo desconozca un vencedor derrotado. Y que paradoja: el silencio de la ciudad que fue mi ansia perfecta de todos los días, me agobia con ausencias presenciales con fluida contradicción que perdurará hasta terminar conmigo.
Es que ¿no es el mismo silencio acá o allá? ¿o sucede que hay niveles de silencio? ¿los hay desbordados de matices pardos que tornan al rojo sangre?; ¿y esos otros que se saborean agrios y cutáneos?; ¿ o aquellos silencios impregnados de aromas sexuales que derrochan sudor de goce reciente son como otros tantos que se irritan hasta perderse en espasmos de más silencios?. Como no confié en el guía y seguí el sendero solo, cauteloso, temeroso, fui cruzando los cerros hasta que logré dar con el peor de todos: el silencio transgresor, ese que debora a su paso ruidos, gritos, estruendos, estallidos, historias, histerias, explosiones, éxtasis. Imaginemos entonces un silencio ruidoso; mucho ruido, solo eso y nada más; imaginemos un silencio ruidoso que se permita concebirse a así mismo como el más loco de los silencios haciendo de sí todo lo contrario; rebelde, incauto, morboso y desesperado por violarse a si mismo.